¿SABIA USTED? Que el nombre de Tucacas viene de la princesa india Tucanca

¿SABIA USTED? Que el nombre de Tucacas viene de la princesa india Tucanca

(21/12/2015)

Leyenda de la India Tucanca

                                                             Parte I

Los indios Paraguanes contaron al Padre Pánfilo de la Hoz datos importantes acerca de la existencia de una hermosa muchacha llamada Tucanca. La india era hija única de Urumacán, uno de los hombres de máxima confianza del cacique Cumarebo.

 

     En el libro titulado Poliantea del Distrito Zamora, podemos leer la versión que escuchó de boca de los Paraguanes el misionero Pánfilo de la Hoz: “Yendo con otros niños al manantial, en juegos inocentes de su edad, machacó hojas de cierta planta corrosiva y se las estrujó en la boca. Los niños corrieron hacia la vecindad llorando desesperadamente. Mientras tanto la taimada Tucanca se escondió en unos matorrales y no salió de allí hasta que, cerrada la noche, decidió ir a su bohío, donde calladamente se acostó.

 

     El sorprendente carácter de Tucanca la conminó una vez a untarle excrementos humanos a unos tubérculos de hacer pan, desamarraba las canoas en la orilla de la playa para que las olas las rompiesen contra los riscos, reñía con todos los compañeros y apaleaba los animales domésticos. La criatura era tan insoportable que hasta los grandes del reino tenían quejas contra ella. Cuentan que Tucanca tomó a escondidas un arco provisto de dardos envenenados, disparó contra un conjunto de cerdos y alanceó al padrote causando el desaliento del propietario de la manada. La niña no era castigada ya que gozaba de consideración a causa de sus pocos abriles y porque era la hija mimada de una de las personas más influyentes y de mayor prestigio en el ánimo del gran cacique Cumarebo. A diario Tucanca ejecutaba malas acciones que los habitantes de la aldea tenían que soportar con humildad y paciencia.

 

     La niña crecía en cuerpo y frescura. Acostumbraba a vivir a orillas del mar, saltaba sobre las piedras y se revolcaba en los arenales. Desnuda, como una diosa pagana, solía recoger caracoles rosados para convertirlos en guaruras y así asustar a los animales de los bosques vecinos.

 

     Cierta vez Tucanca sonó uno de esos instrumentos en la puerta del templo donde celebraban ritos salvajes. A todas estas el boratio preguntó indignado que extraño ruido era aquel que estaba perturbando la sagrada y solemne calma de la hora. Los súbditos respondieron: es Tucanca la que sopla una guarura. A lo que el anciano respondió: ¡dejadla, la juventud pide la risa, que es su adorno!

 

     A la edad de dieciséis años Tucanca llegó a ser la manzana de la discordia en aquella tropa de indios. Los muchachos de la comarca clavaban sobre ella sus insinuantes miradas, pero esta no les correspondía. La joven se enamoró de un indígena de cuarenta años de edad, cuya cabellera era tan larga que tocaba el suelo y era famoso en las guerras, y se fue con este a un lugar no determinado”.

Parte II

     En mi carácter de cronista del municipio José Laurencio Silva realicé varias visitas a las comunidades de Caujarao y Guaibacoa, en 1990. Allí pude descubrir el origen de Tucacas consultando a varias personas de avanzada edad quienes habían conocido la versión de la india Tucanca.

 

     Una vez que Tucanca abandonó la comarca cumarebera caminó con su marido, de nombre Urupagua, rumbo hacia la parte más oriental de la Gran Curiana, es decir hacia Las Tucacas. Este es el nombre que la india dio al conjunto de cayos e islas que hoy conforman nuestro hermoso Parque Nacional Morrocoy, donde implantó su poderío y engendró a sus hijos Aroa, Aragüita, Izate, Suanche y Paiclá.

 

Del mito a la etimología

     El imperio de Tucanca estaba comprendido, de norte a sur, desde el cerro Morrocoy o cerro El Silencio hasta la ribera del río Yaracuy; y de este a oeste, desde el archipiélago Las Tucacas hasta las vertientes del río Agua Linda. Dentro de la primera demarcación encontramos sectores con nombres aborígenes, tales como Sanare, Guacabana y Lizardo; y en la segunda  la no menos aldeana palabra Mostrenco.

 

     La leyenda abraza el epílogo de que tanto la india como su marido fueron engendrados en tierras del cacique Cumarebo; y precisamente cerca del lugar llamado Mostrenco, donde se avista una serranía con varias cuevas, está una comunidad  denominada Los Cumarebos.

 

Medio de vida de Tucanca

     Tucanca acostumbraba a dirigir el reino sentada en su trono, que eran los troncos de los árboles esparcidos en la orilla de la playa, lo que prefería hace al tornarse turbulento el mar Caribe y cuando la brisa movía fuertemente las palmeras.

 

     Las gaviotas, las corocoras, las tijeretas y los garzones o pelícanos eran sus más entrañables compañeros al momento de exponer su cuerpo al oleaje del golfo tucaqueño.

 

     En la isla Urupagua (hoy Punta Brava) la india solía colocarse de pié sobre los escarpados riscos y desde allí, guarura en mano, anunciaba la llegada de la noche. Para llamar a sus hijos, emitía gritos que retumbaban en los manglares. Finalmente, al embarcarse en su canoa rumbo a tierra firme, se internaba en los humedales de El Tuque y corría velozmente hacia las cuevas del cerro Buena Vista en busca de su aposento.

 

Muerte de Urupagua y ocaso de la india

     El panorama tucaqueño se transformó en días turbulentos y noches sombrías ante la inesperada presencia de vikingos y piratas que saquearon las cavernas, chozas y palafitos, ahuyentando a los nativos.

 

     Tucanca estaba ausente. Se encontraba de visita en el asentamiento de los  indios Mapubares, situado al pié del cerro La Misión y a orillas del río Tocuyo.

 

     Al estar de regreso se da cuenta de que los extraños han dado muerte a su esposo  Urupagua y herido a sus hijos. Este funesto acontecimiento marcó honda huella en la vida de Tucanca. Al verse desconsolada por la irreparable pérdida de su protector imploró justicia ante los dioses. De inmediato tomó la inquebrantable decisión de huir de la maldad imperante en la costa y enfiló el rumbo hacia los valles de Aroa a fin de buscar la paz en esos confines, para nunca más volver.

 

Fin

  Por: Cruz Enrique Otero Duno

Cronista del Municipio Silva                                                                                                                     

 

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